Después del baño, la paja
Si es vuestra primera visita, seguramente ya tenéis una imagen muy nítida en la cabeza: una bañera de madera, espuma, un grifo de cerveza y, con suerte, algo de vapor. En lo que viene después del baño quizá no hayáis pensado. Al salir del agua, nuestro equipo no os indica una tumbona tapizada, sino un amplio lecho de paja de trigo suelta y esponjosa. Puede que al principio os parezca una broma. No lo es, y por eso queremos explicarlo con calma.
Empecemos por los números. Tanto el baño de cerveza como el baño de vino duran 90 minutos en la sala. Unos 10 minutos se dedican a la preparación: la mezcla natural se añade al agua delante de vosotros. En la bañera, con el agua a 35-38 °C, es decir, muy cerca de la temperatura corporal, pasaréis entre 20 y 30 minutos; lo habitual son unos veinte, aunque podéis alargarlo hasta la media hora. Los 50 minutos restantes, más o menos, los pasáis tumbados sobre paja de trigo caldeada. Dicho de otro modo, el reposo sobre la paja ocupa más tiempo que el propio baño.
Quizá esperéis una tumbona acolchada como las de los spas de hotel: forma fija, funda de polipiel o de tela, tal vez con calefacción. Nada que objetar, pero la paja es otra cosa. En los apartados siguientes os contamos qué hace la paja suelta que el tapizado no sabe hacer: respira, calienta con suavidad y no por igual en todas partes, huele a cereal y invita al cuerpo a pequeños movimientos constantes. Y seremos honestos en lo esencial: para nosotros la paja es una elección sensorial y tradicional, no médica. No le atribuimos efectos terapéuticos de ningún tipo, y tampoco lo haremos en este artículo.
Qué es la paja de trigo y en qué se diferencia del heno
Vamos primero a lo básico, porque ya aquí hay malentendidos. La paja son los tallos secos de los cereales que quedan en el campo una vez cosechado el grano. Así la define Wikipedia y así la describe también el informe de la universidad neerlandesa de Wageningen sobre la paja de arroz y de trigo: los tallos que permanecen tras la cosecha del cultivo. No hablamos, por tanto, de ningún material cultivado ex profeso, sino de un subproducto del campo de cereal más corriente, con el que el ser humano lleva miles de años trabajando.
Se confunde a menudo con el heno, pero la diferencia es de fondo. El heno es hierba que se siega verde y se seca para alimentar al ganado; resulta más blando, más verde y tiene otro olor, dulce y herbáceo. La paja, por el contrario, es seca, de un dorado claro, más ligera, y se ha usado tradicionalmente como cama para los animales, acolchado para el huerto o material de construcción. Las fuentes agrícolas lo resumen sin rodeos: el heno es comida, la paja es cama. No en vano, en nuestra casa os tumbáis sobre paja y no sobre heno.
Las cualidades que la convierten en un buen lecho de reposo vienen dadas por su propia estructura:
- Los tallos son huecos: hay aire dentro de ellos y entre unos y otros.
- Es seca y ligera; bien mullida, no se apelmaza en una masa compacta.
- Tiene cierta elasticidad: cede bajo el peso y, al levantaros, recupera en parte su forma.
- Desprende un aroma suave a cereal maduro, muy distinto del olor del heno.
- Es un material natural, sin costuras ni relleno.
La paja respira, el tapizado no
Pensad en el momento en que salís de la bañera. Habéis pasado entre veinte y treinta minutos en agua a 35-38 °C, la piel está templada y, tras el baño de cerveza, conserva una fina película de la mezcla natural de lúpulo, malta y levadura de cerveza. Os recomendamos no aclararla durante unas dos horas, para que la piel siga más suave uno o dos días más. Ahora os tumbáis. En una tumbona de polipiel, la funda es lisa y cerrada: en pocos minutos el calor se queda atrapado y no tiene por dónde escapar.
La paja suelta funciona de otra manera. Son miles de tallos huecos que dejan aire entre sí, y ese aire se desplaza levemente con cada respiración y cada movimiento. Así no se forma esa capa de calor cerrada. El tapizado, en cambio, está pensado para ser liso, cerrado y fácil de limpiar con un paño. Son cualidades sensatas para la zona de relajación de un hotel por la que pasan decenas de personas al día, pero no son las que favorecen una experiencia sensorial.
Conviene aclarar lo que no decimos. No afirmamos que la transpirabilidad de la paja cure nada, fortalezca el organismo ni actúe sobre la piel. Se trata solo de cómo se está tumbado: sobre una superficie plástica y cerrada o sobre un material natural y aireado. La diferencia se nota desde los primeros minutos, aunque al principio puede resultar algo extraña.
El lecho de paja caldeada os espera en las tres salas con bañera: en el íntimo Manantial Rubí (Rubínový pramen), para una o dos personas; en el amplio Manantial Dorado (Zlatý pramen), para dos a cuatro personas y con dos bañeras de roble; y en la sala V.I.P. Manantial Esmeralda (Smaragdový pramen). La única excepción es la cueva de sal, sin bañera ni lecho de paja, porque está dedicada a los masajes.
Un calor suave que no es igual en todas partes
Lo segundo que la paja hace de forma distinta a una tumbona es cómo reparte el calor. El lecho está caldeado, pero la paja no transmite el calor como una plancha metálica o de plástico. Los tallos huecos y el aire que queda entre ellos lo retienen y lo van soltando despacio, con suavidad. La sensación se parece mucho a tumbarse en un campo que ha estado toda la tarde al sol de finales de verano: el calor sube desde abajo, pero no quema ni se percibe como un foco concreto.
Y, sobre todo, no es uniforme. Allí donde os hundís más, se nota más templado; donde apenas hay una capa fina de tallos, algo más fresco. Puede que los hombros noten más calor que las caderas, o los pies menos que la espalda. Una tumbona calefactada de superficie lisa os daría una temperatura idéntica en toda su extensión. Parece una ventaja, pero en la práctica el cuerpo deja de percibir muy pronto un calor homogéneo. El calor irregular de la paja, por el contrario, sigue siendo perceptible durante todo el reposo, con matices que cambian sin llegar a molestar.
En la sala, además, el calor no procede de una sola fuente. Lo componen varias capas que se complementan:
- el lecho de paja de trigo caldeado sobre el que pasáis unos 50 minutos,
- el agua de la bañera a 35-38 °C de la que acabáis de salir,
- el resplandor tenue de la chimenea eléctrica, sin fuego abierto,
- la luz cálida y suave de las lámparas, que mantiene la sala en penumbra.
Si pasarais del agua caliente a la funda fría de una tumbona, sería fácil que os entrara un escalofrío nada más tumbaros. De la bañera a la paja, en cambio, la transición es más amable, porque la superficie que os recibe es cálida y blanda. Insistimos: hablamos de comodidad y de sensaciones, no de termorregulación ni de efectos terapéuticos. Aquí la paja no es una terapia; es, sencillamente, la forma más agradable de dejar que el calor del baño se vaya disipando poco a poco.
Olor a cereal, crujido de tallos y reflejos dorados
Una tumbona no huele a nada en especial; como mucho, a suavizante o a producto de limpieza. La paja huele a cereal. Es un aroma seco, cálido, ligeramente dulce, que quizá os recuerde a la siega, al pajar de los abuelos o a la corteza del pan recién hecho. Al caldearse en el lecho, ese olor se intensifica y, mientras reposáis, va llenando la sala poco a poco. Nadie lo añade, no es ninguna esencia aromática: es simplemente el olor del material sobre el que estáis tumbados.
Después del baño de cerveza, ese aroma enlaza de forma natural con lo que acabáis de vivir. La malta que va al agua nace del cereal, el lúpulo de la región de Žatec aporta su propio perfume amargo y herbáceo, y del grifo sale sin límite la cerveza artesana Petrovické zlato, rubia y negra, acompañada de un pequeño picoteo. La paja bajo la espalda cierra así el círculo del cereal. Tras el baño de vino, con vino tinto, extracto de pepitas de uva, hoja de vid, miel, hierbas y flores de lavanda francesa, la paja funciona en cambio como contrapunto: el campo seco junto al viñedo.
Está también el sonido. La paja suelta cruje levemente con cada movimiento. Lejos de molestar, ese susurro os recuerda dónde estáis y ayuda a separar este momento de cualquier rato tumbados en el sofá o en la cama. Y, por último, el color. Con la luz cálida de las lámparas y el resplandor de la chimenea eléctrica, la paja se vuelve dorada y cada tallo atrapa la luz. Merece una foto, aunque con una basta.
Todo esto son percepciones sensoriales, ni más ni menos. Para nosotros, el aroma, el sonido y el color no tienen ninguna misión terapéutica. Solo pretenden que esos cincuenta minutos de reposo sean un rato que recordéis, y no una sala de espera entre la bañera y la salida.
Un cuerpo que se va acomodando sin parar
Una tumbona tapizada tiene una forma fija. Os tumbáis y os sostiene en una postura predeterminada: la espalda con cierta inclinación, las rodillas justo donde está el pliegue, la cabeza sobre el cojín. Es cómodo, pero es un molde en el que encajáis. La paja suelta no tiene molde alguno. Bajo vuestro peso cede, se desplaza, se abre y luego vuelve a asentarse. Por eso el cuerpo hace sobre ella pequeños ajustes continuos: un hombro se hunde un poco, una cadera gira, una mano busca otro sitio, las piernas se recolocan.
Esos pequeños movimientos son quizá la cualidad más inesperada de la paja. No os dejan desconectar del todo como en la cama, pero tampoco os empujan a hacer nada. Es fácil que acabéis en un punto intermedio entre la vigilia y el sueño, conscientes del propio cuerpo pero sin necesidad de moveros. La tumbona, a los pocos minutos, os hace olvidar que estáis tumbados. La paja os lo recuerda con delicadeza a cada rato.
Eso sí, queremos ser precisos: no afirmamos que estos pequeños movimientos beneficien a la columna, la circulación o los músculos. No tenemos datos que lo respalden y no vamos a inventarlos. Nos limitamos a describir lo que distingue la paja del tapizado. Es una sensación, no un argumento médico.
Con franqueza: sentidos y tradición, no medicina
¿Por qué paja, entonces, si una tumbona sería más fácil de mantener y de explicar? La respuesta combina tradición y sentidos. La paja forma parte de la cultura rural checa con la misma naturalidad que la cerveza. Durante generaciones se rellenaron con ella los jergones en los que se dormía, se usó como cama en establos y pajares, y las enciclopedias siguen citando la cama para animales como uno de sus usos principales. Cuando en 2008 empezamos con los baños de cerveza, quisimos que toda la experiencia resultara checa y natural, no una copia del spa de hotel de cualquier otro país.
Y ahora, lo que más nos importa dejar claro. Aquí la paja no es un tratamiento. No es una terapia ni una desintoxicación, ni nada con un efecto medible sobre la salud. No queremos atribuirle propiedades que no podemos demostrar, y no os diremos que, tras cincuenta minutos sobre ella, saldréis más sanos. Saldréis, eso esperamos, más descansados, más tranquilos y con una experiencia que no se confunde con ninguna otra. Ese es todo nuestro argumento.
En los programas V.I.P. del Manantial Esmeralda, la paja cumple el mismo papel, solo que al final de un ritual más largo, de 150 minutos. Se empieza en la fito-sauna de cedro, un barril en el que os sentáis con el cuerpo dentro y la cabeza fuera. Después llega un masaje relajante o una exfoliación, a continuación el baño y, por último, el reposo en el lecho de paja junto a la chimenea eléctrica.
Cómo disfrutar de los cincuenta minutos sobre la paja y cómo reservar
Si de momento la paja os inquieta más de lo que os tienta, aquí van unos cuantos consejos prácticos. No son normas, solo sugerencias:
- Llegad 10-15 minutos antes de la hora reservada, para no empezar con prisas.
- Tras el baño de cerveza, no aclaréis la mezcla durante unas dos horas: la piel seguirá más suave uno o dos días.
- Tumbaos y, los primeros minutos, revolveos sin reparo: la paja acabará adaptándose a vosotros.
- Dejad el móvil a un lado; cincuenta minutos dan para desconectar de verdad.
- Tened la bebida a mano: con el baño de cerveza, cerveza de grifo sin límite; con el de vino, una botella de vino con fruta y queso.
Los precios son siempre por sala, es decir, por reserva completa y no por persona. El baño de cerveza con una bañera para una o dos personas cuesta desde 148 €, y el baño de vino con una bañera, desde 201 €. Podéis reservar ambos en el Manantial Rubí, en el Manantial Esmeralda y en el Manantial Dorado. Solo en el Manantial Dorado funcionan dos bañeras a la vez, de modo que la combinación de baño de cerveza y baño de vino sale desde 238 € para dos personas. El V.I.P. Beer SPA para una o dos personas parte de 293 €. Y, además del reposo sobre la paja, podéis completar la visita con un masaje en la cueva de sal Manantial Zafiro (Safírový pramen).
Nos encontraréis en Dejvická 255/18, Praga 6, a dos minutos de la estación de metro Hradčanská. Abrimos de lunes a viernes de 10:00 a 22:00 y los fines de semana de 10:00 a 23:00. Podéis reservar en línea desde nuestra página de reservas, por teléfono en el +420 728 059 770 o por correo electrónico en info@laznepramen.cz. La cancelación con más de 48 horas de antelación es gratuita; se aplican las condiciones generales vigentes en el momento de la confirmación, donde encontraréis también la lista completa de contraindicaciones, como las alergias a los componentes del baño.
Y si queréis regalarle la paja a otra persona, tenéis la tarjeta regalo, por un importe o por un tratamiento concreto. Encontraréis más artículos sobre cómo transcurre la visita en nuestro blog. Venid a tumbaros. Os prometemos que no echaréis de menos la tumbona.
Fuentes
- Wikipedia: Straw - definición de la paja y sus usos tradicionales - en.wikipedia.org
- Universidad de Wageningen: paja de arroz y paja de trigo (Bakker et al., 2013) - edepot.wur.nl
- Homestead Gardens: diferencia entre heno y paja - homesteadgardens.com